El castellano que se volvió nuestra lengua

El castellano llegó en barcos cansados de cruzar tormentas, en Biblias que cargaban quienes hablaban de la palabra de Dios y no sabían leerla; que hablaban de la Verdad y traían la confusión.

Llegó para bautizar, para mandar, para traducir los mundos y para borrar los nombres. Pero apenas tocó esta tierra, empezó a transformarse. Porque este mundo le exigía nuevos sonidos, nuevas aspiraciones, glotalizaciones, asibilaciones; porque las lenguas que aquí estaban lo llenaban de sus raíces, de sus sufijos. Así antes como ahorita, así nomás lo mezclaban, así nomás lo cambiaban, pues.

Y así, sin permiso, el castellano se iba haciendo nuestro y dejaba de ser el idioma de Castilla, para volverse nuestra lengua de trueques, de mamachas, de caseritas, de regateos. Un castellano que no es herencia, sino reinvención: con mote, con cancha, con selva. Un castellano andino, motoso, charapa, lleno de memoria.

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