La violencia del odio

No hay nada más obsceno que oír a la gente celebrar la muerte de un joven.
No hay monstruos en esa multitud digital; hay personas comunes, con trabajos, familias, mascotas, que han dejado de pensar.
Reproducen el lenguaje del poder: “era un terruco”, “se lo buscó”, “le cerraron el hocico”.
Así funciona la maquinaria del mal: cuando la violencia necesita aplaudidores, los fabrica.
Hannah Arendt lo entendió: no son los sádicos los que sostienen los regímenes deshumanos, sino los obedientes, los que renuncian a pensar, los que convierten la vida ajena en mercancía de discurso.
Y por eso, frente a tanta miseria moral, pensar se vuelve un deber ético.
Pensar, para no repetir.
Pensar, para seguir siendo humanos.

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