Réquiem por una pasión aprendida de forma precoz

 imagen tomada de aquí

Mi muy querido amigo Pablo Vásquez ha escrito esta excelente nota que espero que disfruten como lo hice yo.  (Me faltan dos enlaces, si los tienen, mándenmelos por favor).

Réquiem por una pasión aprendida de forma precoz
(Pablo Vásquez Flores)

Como mezcla de sirenas de patrullero y de ambulancia alterando el tráfico nocturno, con esa urgencia y esa aspereza debían sonar los vientos de la salsa brava o “clásica”, esa que se parió con dolor y alegría en el Bronx de finales de los sesentas y que llegó a su esplendor a finales de la década siguiente.

Es la música de la tragedia urbana por excelencia; un arte que celebra, con honestidad y algo de ironía, el desengaño, el dolor, la amargura, la decadencia, la traición, el desarraigo, la añoranza, la precariedad, la escasez, el fracaso y la crónica policial inherentes a vivir en una ciudad con ocho millones de habitantes (o más).

Es una música con raíces tan viejas como la misma humanidad: África, por eso su base es de cuero de tambor; pero con robustas ramas en el jazz de donde vienen los ensambles de vientos y algo de improvisación, y por supuesto con la tradición negra e indígena de Cuba y Puerto Rico, todos bien mezclados en una muy usada coctelera de algún burdel de la cosmopolita ciudad de Nueva York.

No era una música hecha para complacer, arrullar o “escuchar”, sino para gozar bailándola. Ahora bien, aquí “goce” y “baile” están un sentido amplio y sentido, incluyendo placer y también dolor; euforia, y también agotamiento y sudor.

Las letras podían abarcar desde meros pretextos (“Quítate tu pa’ ponerme yo“) hasta íntimas confesiones (“Hoy vi llorar a un hombre ante un espejo, por una amor que le negara el cielo, y asombrado me dio un escalofrío, al ver en ese espejo el rostro mío“), sin dejar de lado el humor (“Te están buscando unos tipos que cuando niños sus mamás no los querían y ahora de adultos viven repartiendo bofetás“) ni las penas de amor (“Óyeme Juan Pachanga olvídala, que el amor no se mendiga“) ni la lujuria machista (“Mira se pone su blusa transparente, para enseñarle a la gente lo que dios les dio”), ni la ilusión romántica (“Hoy puedo vivir del amor y cantar“), ni por supuesto la crónica roja (“En los barrios de guapos no se vive tranquilo, mide bien tus palabras o no vales ni un tiro“), ni la lascivia (“Sexo, sexo ¿a quién no le gusta eso?”) ni la sabiduría popular (“Maestra vida camará, te da te quita, te quita y te da”).

El timbre del “lead vocal” no tenía que ser necesariamente el de Lavoe, pero sí era deseable que tuviera esa proyección, esa claridad, ese filo de bisturí de neurocirujano, indispensable para extirpar de tu cerebro -sin dolor- el tumor del sentido común, las buenas costumbres y la racionalidad.

El pianista era tan importante como el “lead vocal”, ya que su arte debía mostrar la esencia de cada tema en una secuencia -in crescendo- de improvisación compacta, intensa, imperfecta, arrítmica incluso, pero irresistiblemente seductora.

Pero sea cual sea la pretensión de la letra, el encanto repetitivo del coro o la fuerza interpretativa del pianista o el cantante, la salsa brava se debía consumir en la pista de baile, en ningún otro lugar. A desmedro de las academias de danza con sus horarios preestablecidos y sus pasitos memorizados, la única “receta” para bailar salsa clásica es dejarse poseer y llevar por la música, que si es de la buena representa un boleto de viaje para dos a un destino bien parecido al amor.

Entiendo perfectamente a mis amigos a los que la salsa brava les inspira asco, sin capacidad de transmitirles nada. Igual sordera padecería yo, quizás, si mi infancia no hubiera hecho una parada de dos años, allá por 1972, en El Callao. Y es que la salsa clásica, como otros géneros musicales, es un placer aprendido, para iniciados precoces.

Por eso, hasta ahora, en una fiesta brava la gente no se mide por la marca de la ropa, el color de la piel, el grosor de la billetera, la edad, la exquisitez del perfume, la contextura o la tecnología del celular. Se mide por la honestidad que pones al gozar la música con tu pareja, en la pista de baile. La condición no es que seas “un gran bailarín”. La condición, como en una orgía, es que goces sin pudor.

Si lo consigues, sin más trámite eres parte de una hermandad espontánea y vital. Entonces tu cuerpo entero se convierte en un instrumento musical. Entonces, mi caso, entiendes que la auténtica desgracia de morir es afrontar el hecho de que ya no podrás bailar salsa brava nunca más.

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