El cielo sobre Berlín

diciembre 30, 2014

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Este es mi último post del año. Pude haber escogido hablar de muchas cosas. Cuestiones de coyuntura nacional a la que les habría podido hacer una pequeña reflexión lingüística como “soy cholo pero no barato” -como si hubiesen cholos/as baratos/as- sobre la última metida de pata de Humala, sobre lo (no) avanzado en educación, sobre Urresti, Belaúnde Lossio, o qué sé yo. Pero no me ha dado gana de escribir sobre algo actual y decepcionante sino sobre algo que me llena el alma. Y allí podrían haber entrado mi Clausito, mis hijas, mi familia mexicana o mi adorado Tobbyas, el perro que ha cambiado mi vida. Pero no. Tampoco era cosa de escribir una novela sobre todo lo bueno que me ha pasado. Ni sobre lo triste. La vida está siempre salpimentada de alegrías y penas.  Hoy, nostálgica, recordé una película que amo. Y la  amo en muchos sentidos. No me interesa analizar porque ello, a mi modo de sentir,  la encajonaría y le quitaría ese espíritu que me hace recurrir a ella una y otra vez.  “Der Himmel über Berlin” de Wim Wenders, con el gran Bruno Ganz.

Solo voy a poner unas partecitas, a modo de regalo, a modo de compartir esas emociones tan intensas de la película. Es mi regalo de año nuevo a los lectores y lectoras de mi blog. A mis entrañables amigos y amigas.

Cuando el niño era niño.

Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar. Cuando el niño era niño no sabía que era niño, para él todo estaba animado, y todas las almas eran una. Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada, no tenía ninguna costumbre, se sentaba en cuclillas, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño no podía pasar las espinacas, los porotos, el arroz con leche y la coliflor salteada. Ahora se lo come todo, y no porque lo obliguen. Cuando el niño era niño despertó una vez en una cama extraña, y ahora una y otra vez. Muchas personas le parecían bellas, y ahora sólo con suerte. Imaginaba claramente un paraíso, y ahora apenas puede intuirlo. Nada podía pensar de la nada, y hoy esta idea lo estremece. Cuando el niño era niño jugaba con entusiasmo, y ahora se sumerje en sus cosas como antes, sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño, las manzanas y el pan le bastaban de alimento, y todavía es así. Cuando el niño era niño, las bayas le caían en la mano sólo como caen las bayas, y ahora todavía lo hacen. Las nueces frescas le ponían áspera la lengua, y todavía es así. Encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta, y en cada ciudad el anhelo de una ciudad más grande, y siempre es así todavía. En la copa del árbol tiraba de las cerezas con igual deleite como hoy todavía lo sigue haciendo. Se asustaba de los extraños, y todavía se asusta; esperaba las primeras nieves, y todavía las espera. Cuando el niño era niño, lanzó un palo como una lanza contra un árbol, y aún hoy vibra todavía.

Si una vez nos decidimos volver a casar, bajo cualquier rito, le leeré esto a Claus, o mejor aún lo memorizaré:

Y para terminar, esta escena favorita

Pongo el link porque Youtube no me deja insertarlo: https://www.youtube.com/watch?v=cLQBjfQYi-Y&list=PLD6b1YJBh7Q_lN_NC7kHbcga1Ih3UzikV

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Viaje a Tombuctú

junio 1, 2014

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Viaje a Tombuctú es una película peruana, dirigida por Rossana Díaz Costa, estrenada el 29 de mayo y que considero una película que todos y todas debemos ver: la gente que fue niña y joven en los ochenta recordará lo que vivió y las nuevas generaciones tendrán una lectura de lo que pasamos en el Perú, a partir de la historia de dos chicos de clase media a los que se les rompían las expectativas de futuro y de vida en un país donde los apagones eran cosa de todos los días, los cochebombas nos asustaban a cualquier  hora de la noche y el toque de queda no nos dejaba salir y disfrutar de la vida que tenía derecho a disfrutar cualquier joven.

A la gente de mi generación la película le trae muchos recuerdos: el concierto de “Soda Stereo” en el Amauta, por ejemplo, o el estudiar con velitas, o las reuniones con los amigos y amigas de la universidad con cervecita, la música de Indochina, o de Charlie, (faltó salsa en la película, también la bailábamos los chicos y chicas de la clase media).

Nosotros veíamos por la televisión lo que pasaba. Nos impactaba. Nos preocupaba. Nos entristecía. Lo “del Frontón” fue demasiado pero para nosotros era solo tema de preocupación de lo que le pasaba a “otros” y de discusiones furibundas entre los que justificaban y los que condenábamos. Pero era tema de “otros”.

Lo que nosotros vivíamos y era asunto nuestro eran:  la inflación, el hacer colas, el tener que juntar agua y bañarnos con un tarrito, los apagones, los miedos cuando alguien no estaba en casa y había habido un atentado y escuchábamos por radio lo que pasaba o, cuando salíamos, nuestros padres y madres se aseguraban de darnos fichas rin para que les dijéramos como estábamos;  a veces no podíamos llamar porque había mucho vandalismo con los teléfonos públicos. Pero a nosotros el conflicto armado interno no nos afectó directamente. Yo recuerdo lo impactada que estuve al saber que era el hermano del entonces esposo de una queridísima amiga de la universidad, una de las víctimas del caso Uchuraccay o que la mamá de una amiga fue víctima del atentado de Tarata. A ellas el conflicto armado interno la marcó directamente. A mí no. A mis demás amigos y amigas tampoco.

Pero volviendo a la película, insisto en recomendarla. Ana y Lucho nos cuentan una tierna relación de amor de jóvenes, una relación que se ve bombardeada, como se bombardearon las expectativas de futuro de muchos jóvenes en el país. Los del ambiente urbano tenían la esperanza de irse a los Estados Unidos, los el ambiente rural no tenían ninguna esperanza y el tener en el quechua o en otra lengua indígena su lengua materna, los condenaba a ser maltratados, torturados o desaparecidos por el Estado. Esta escena es mostrada en la película y creo que es una de las mejor logradas.

Considero las actuaciones de Ana y Lucho muy naturales. Yo soy amiga de Andrea Patriau pero en la película he sentido lo que sentía Ana, he llorado por lo que le pasaba a Ana. La imagen de Ana mirando por la luna del aeropuerto al vacío, que la lleva a recordar todo, es un círculo perfecto del principio y final de la película. Del principio y del final de la ilusión. Del principio y del final de la esperanza. Y luego, cuando deja de llorar, esboza una sonrisa, te esboza, quizá, el principio, otra vez, de la esperanza.

El dolor de Lucho, luego del viaje frustrado a la sierra, es un dolor que te causa dolor. Aunque su aislamiento total, su no querer hablar, su apagar la luz, no me deja muy claro el efecto que espera lograr la directora. No me termina me convencer (o quizá eso es lo que ella esperaba) y si bien es una manera de transmitirnos dolor, de acentuar que fuimos una generación a la que le cortaron las expectativas del futuro, creo que se debió explotar más.

Hay muchas, muchas razones para ver la película, por ejemplo, el hecho de tener cine peruano del bueno, o el lujo que significa ver la naturalidad y genialidad de actores de la talla de Elide Brero y de Enrique Victoria, o la música pero no puedo seguir porque no quiero “spoilear” más. Solo quiero terminar felicitando a todas las personas que demostraron que es posible hacer cine de calidad en el Perú.

 

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